lunes, 19 de diciembre de 2011

La Bogotá de Burroughs



Hotel Mulvo Regís, Bogotá, 25 de enero de 1953


Querido Al:

Bogotá está situada en una planicie alta rodeada de montañas. La hierba de la sábana es de un verde claro, y aquí y allá se levantan sobre la hierba monolitos negros precolombinos. Es una ciudad de aspecto lúgubre y sombrío. El cuarto del hotel es un cubículo sin ventanas (en América del Sur, las ventanas son un lujo), con tabiques de madera prensada, color verde y una cama demasiado chica.

Durante largo rato estuve sentado en la cama paralizado por la depresión. Luego salí al aire frío y enrarecido para tomar algo, dando gracias a Dios por no haber venido a parar a esta ciudad enfermo por el opio. Tomé algunas copas y regresé al hotel donde un camarero feo y maricón me sirvió una comida que no valía gran cosa.

Al día siguiente fui a la Universidad en busca de datos sobre el yagé. Todas las ciencias están amontonadas en El Instituto. Es éste un edificio de ladrillos rojos, corredores polvorientos y oficinas sin nombre, en su mayor parte cerradas. Fui avanzando por sobre cestos, animales embalsamados y muestras botánicas. Estas cosas son continuamente llevadas de un lugar a otro sin ninguna razón aparente. De pronto, alguien sale de un escritorio y reclama algún objeto de esa mescolanza dejada en los pasillos y hace que se lo lleven a su oficina. Los ordenanzas, sentados sobre las cestas, fuman y saludan a todo el mundo dándole el título de "doctor".




En una habitación grande y llena de polvo, de ejemplares de plantas y de olor a formol, vi a alguien que estaba buscando algo que no lograba encontrar, con un aire de aristocrático fastidio. Nuestras miradas se cruzaron.

“¿Qué habré hecho con mis muestras de cacao? Era una variedad nueva de cacao silvestre. ¿Y qué estará haciendo este cóndor embalsamado aquí en mi mesa?"

El hombre tenía el rostro delgado y fino, llevaba anteojos con montura de acero, una americana de tweed y pantalones de franela oscura. Sin la menor duda. Boston y Harvard. Se presentó como el doctor Schindler. Estaba relacionado con una Comisión de Agricultura de los Estados Unidos.

Le pregunté acerca del yagé. "Sí, dijo, aquí tenemos muestras. Venga y le mostraré", agregó, echando una última mirada en busca de su cacao. Me mostró un ejemplar seco de la planta de yagé, una trepadora de aspecto muy corriente. Sí, lo había tomado. "Conseguí colores, pero no visiones."

Me indicó con exactitud lo que yo necesitaría para el viaje, dónde debía ir y a quién debía ver. Le pregunté acerca del aspecto telepático. "Eso, claro, es pura imaginación", dijo. Me señaló el Putumayo como la región más fácilmente accesible donde podría encontrar yagé.

Me tomé unos días para reunir el equipo y conseguir el capital. Para una expedición a la selva se requieren medicamentos; el suero antiofídico, la penicilina, el enterovioformo y el aralén son esenciales. Además una hamaca, una manta y una bolsa de caucho llamada tula para llevar las cosas.

Bogotá es alta, fría, y húmeda; es un frío húmedo que se le mete a uno dentro como el frío enfermizo del opio. No hay calefacción en ninguna parte y uno nunca llega a calentarse. Como en ninguna otra ciudad que haya visto en América del Sur, se siente en Bogotá el peso muerto de España, sombrío y opresivo. Todo cuanto es oficial lleva el sello de Made in Spain.

Tuyo William

(William Burroughs, Las cartas de la ayahuasca, 1963)

domingo, 27 de noviembre de 2011

Georges Perec - Pensar Clasificar




Extracto de Pensar Clasificar:

"Nunca me resultó cómodo hablar de mi trabajo de manera abstracta y teórica; aunque lo que produzco parezca originarse en un programa elaborado tiempo atrás, en un proyecto de larga data, creo que mi movimiento se encuentra -y se demuestra- andando: de la sucesión de mis libros nace para mi la sensación, a veces confortante, a veces pertubadora (pues siempre depende de un "libro que vendrá, de una inconclusión que designa lo indecible hacia lo cual tiende desesperadamente el deseo de escribir), de que recorren un camino, señalizan un espacio, jalonan un itinerario vacilante, describen paso a paso las etapas de una búsqueda cuyo "porqué" no sé explicar, pues sólo conozco el "cómo": tengo la confusa sensación de que los libros que escribí se inscriben, cobran sentido en una imagen global que me hago de la literatura, pero me parece que jamás podré asir esta imagen con precisión, de que ella es para mí un más allá de la escritura, un "por qué escribo" al cual sólo puedo responder escribiendo, postergando sin cesar el instante mismo en que, al dejar de escribir, esta imagen se volvería visible, como un rompecabezas inexorablemente resuelto."
- Georges Perec (1985)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Papering over cracks, by J. G. Ballard



A number of experiences, particularly during my childhood in the Far East during the Second World War, encouraged me to regard the human race as potentially dangerous. People brought up in the comfortable suburbs of west Europe and North America tend to think that human beings are at heart governed by a kind of enlightened self-interest; that they are thoughtful and humane above all. I'm not sure that is true. If you look at the behaviour of, say, the warring factions in Iraq at the moment with their endless suicide bombings and terrible carnage, or the civil war in the former Yugoslavia, where the most incredible brutality and ethnic cleansing took place, or if you go back to the Second World War in Europe, when tens of millions died in the most brutal way, I'm not convinced that human beings can be trusted beyond a certain point. I think they are quite capable in the right, or rather the wrong, circumstances of behaving irrationally.

About two years ago there were riots in an IKEA store near the North Circular Road in London. People abandoned their cars and were fighting over sofas. Football hooliganism has been a terrible stain on the national character, and it could come back.

We have a sort of Passport to Pimlico view of social behaviour in this country. It's an Ealing-comedy, Dad's Army view of the world: we laugh, but forget that in the real world there is a war going on too. We like to think of England as big brown teapot with a nice tea cosy over it but actually we should remember that there isn't always tea in the pot. Sometimes it's something a little stronger. If you believe that England is all cricket grounds and villages and cycling to evensong, you're going to find the nation I describe in Kingdom Come about as soothing as a punch in the face.

The English are great actors, and we're all performing roles whether we're aware of it or not. We don't have the sort of frankness and openness of the Australians, or Americans or Canadians. In England there's a very complex social landscape dominated by the class system, which still seems to be very strong. Here people tend not to say what they think. We behave like passengers on a crowded aircraft, or, if you like, a crowded lifeboat: we put on a face that is designed to lower the temperature, allowing everything to carry on without too much discomfort. The trouble is that this hides the underlying truth about what we feel. Look at how the English are notorious for their pleases and thank yous. If you're paying for a thing, you don't need to say thank you. But what the surface politeness actually does is hide an underlying aggression and unease. It is all to do with our desire to paper over the cracks – and there are a lot of cracks.

The whole social landscape of England is changing tremendously, and particularly around the big motorways. Not that the people who work in newspapers and television ever visit these areas. They come back from their cottages in the West Country and they look down from the M4 at places like Staines and Slough and Hounslow and they give a shudder and drive on.

There's a belief that you've got to dip a toe into the waters of psychopathology to provide the kind of high-tension excitement people need, because everyone in the consumer world is very bored. This is the thing about suburbia: there's enormous boredom, and we've reached the stage where people need something a little frightening, a little deviant, to take notice. There's definitely something in the air. Compare, say, TV programmes like Inspector Morse, which had a gentleman detective sipping his pint and listening to Mozart as he solved a crossword puzzle, and something like CSI, where you're looking at a corpse on an autopsy table, and ribcages are being opened like suitcases. Violence and madness have a huge appeal, and it'll move into the area of politics sooner or later too.

The enemy of creativity today is that so much thinking is done for you. The environment is so full of television, party political broadcasts and advertising campaigns, you hardly need to do anything. We're just drowning under manufactured fiction, which satisfies our need for real fiction.

Cyril Connolly said that the greatest enemy of creativity is the pram in the hall, but for the real novelist the pram in the hall is the greatest ally – it brings you up sharp and you realize what reality is all about. That and a couple of large Scotches.

The Drawbridge Quaterly, Issue 05, Freedom, Summer 2007

sábado, 29 de octubre de 2011

The Psychic Paramount - II (2011)



Sin hacer demasiado ruido (o mejor, sin sucitar demasiado interés) y luego de varios años de ausencia, The Psychic Paramount se reensambla y reemerge entre los bastos catálogos de las tiendas especializadas y los relucientes anaqueles de la blogosfera con su segundo LP (muy esperado, sea dicho de paso, por algunos críticos de internet que en su momento vieron a Gamelan Into the Mink Supernatural, debut de Psychic, como uno de los mejores albumes de "power rock" de la pasada década). De nuevo Ben Armstrong al bajo, Jeff Conaway a la batería y Drew St. Ivany tocando la guitarra... lo que este trio nos entrega es un trabajo inagotable, inmenso, conformado por capas y capas de sonidos que van componiendo paisajes y texturas que pronto son destruidos sin más para dar paso a nuevos decorados... todo esto a toda marcha, sin descanzo.

Desde el primer momento, el embate furioso y frenético de la bateria, que es acompañado por un bajo que explora siempre a la vanguardia y una guitarra distorsionada, inagotable y libre, genera en nosotros la sensación de haber despertado en medio de un huracán. Y es precisamente esa interacción entre los tres instrumentos la clave para el profundo estado de embelesamiento; conforme el ritmo se retuerce y bifurca, cada cual encuentra la forma de volver más adelante a un punto en común, con lo que el efecto final no es el completo caos, pues siempre se mantiene el momentum. Conaway y Armstrong son centrales en este juego, le dan un norte a ese aleteo acrobático e infatigable que es la guitarra de St. Ivany.

The Psychic Paramount es a un mismo tiempo descontrol y virtuosismo, energía salvaje y dominio de la más depurada técnica. Para mencionar precedentes, su sonido hace pensar en Lightning Bolt, Boredoms, Oxes y Gospel. Como apunte anecdótico, la banda fue escogida por Battles como parte de la alineación para el segundo día en la próxima versión del renombrado All Tomorrows Parties en Minehead, Reino Unido. En algo más de un mes, espero estar ahí en primera fila para luego poder dar testimonio.

The Psychic Paramount - II (2011)

martes, 25 de octubre de 2011

A little taste of contemporary corporate agitprop


Dearest Fish-Take Heart


A reminder that you live in the most successful country on the planet, in the most powerful city in the world, in one of the hotest [sic] industries in recorded history, for the best company in that industry! You Rock! You're [sic] opportunities are boundless. The experience you gain here may provide you the ability to transform [sic] your environment! You're more alive than you can possibly imagine!


A prophet adressing his employees at Soho-bassed Razorfish Marketing (April 2002)

domingo, 23 de octubre de 2011

El problema de Dios


Dios. El nombre propio más usado en todas las épocas, pero sobre cuyo portador no se ponen de acuerdo los monoteístas. El monoteísmo, por su parte, es una aberración que surge naturalmente del politeísmo. Los griegos veían a Sócrates con sorpresa porque éste parecía pensar que sólo existía un Dios. Desde luego, si uno cree que hay más de cien dioses, debe parecerle que quien afirma que sólo hay uno es una especie de ateo. El problema del monoteísta es que le pone demasiado trabajo a su dios y, como si fuera poco, le exige que lo haga a la perfección. (Cuando el trabajo queda mal hecho el monoteísta le echa la culpa al resto, alegando que se trata de una cosa llamada por él «libre albedrío».) Aunque, también hay que decirlo, unos cuantos monoteístas considerados no le piden a su deidad que lo haga todo bien. Están, desde luego, quienes exageran de este lado. Leí la siguiente frase en inglés en alguna parte que ya no recuerdo: «Si existe un ser superior, debe ser un hijodeputa». (Mi memoria la atribuye a Dorothy Parker, pero no estoy seguro.) La demostración más convincente de este punto de vista monoteísta cortés es, a mi juicio, la siguiente: «El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses. El sastre: Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón».
Samuel Beckett, Manchas en el silencio, Tusquets, 1990, p. 25.

viernes, 14 de octubre de 2011

Guy Debord - In girum imus nocte et consumimur igni (1978)




No haré en esta película ninguna concesión al público. Varias y excelentes razones justifican, a mi modo de ver, tal conducta. Voy a darlas.Ante todo, es bien notorio que en parte alguna he hecho concesiones a las ideas dominantes de mi época, ni a ninguno de los poderes existentes.

Por otra parte, sea cual sea la época, nada importante se ha comunicado manejando al público, aunque fuera el de los contemporáneos de Pericles; y, en el gélido espejo de la pantalla, los espectadores nada ven ahora que recuerde a los respetables ciudadanos de una democracia.

He aquí lo esencial: este público tan enteramente privado de libertad y que lo ha soportado todo, merece, menos que cualquier otro, ser manejado. Los manipuladores de la publicidad, con el tradicional cinismo de aquellos que saben que la gente es llevada a justificar las afrentas de las cuales no se vengan, le anuncian hoy, tranquilamente que "cuando se aprecia la vida, se va al cine". Pero esta vida y este cine son ambos poca cosa; y es en esto que son indistintamente intercambiables.

[...]

El público de cine, que tiene que pensar, ante todo, en tan toscas verdades, que tanto le conciernen y que generalmente le son tan escamoteadas, no podrá negar que un filme que, por una vez, le presta el servicio de revelarle que su mal no es tan misterioso como él cree y que tal vez no sea incurable a poco que consigamos un día la abolición de las clases y del Estado, no podrá negar, digo, que esta película no tenga, al menos en esto, un mérito. Otro, no tendrá. En efecto, este público que en todas partes quiere mostrarse conocedor y que en todo justifica lo que ha sufrido, que acepta ver como el pan que come y el aire que respira se vuelven cada día más repugnantes, lo mismo que sus alimentos y sus casas, sólo rezonga contra los cambios cuando se trata de cine al que está acostumbrado; y aparentemente es la única de sus costumbres que ha sido respetada. Quizás no haya habido nadie más que yo que lo haya ofendido en este punto. Ya que los demás, incluso modernizados hasta el punto de inspirarse, a veces, de los debates vulgarizados por la prensa, postulan la inocencia de tal público, y le muestran, según la costumbre fundamental del cine, lo que sucede lejos: distintas clases de estrellas que en su lugar han vivido y que él contemplará por el ojo de la cerradura de una familiaridad canallesca.

El cine del que estoy hablando es esta imitación insensata de una vida insensata, una representación cuyo fin es no decir nada, engañar el tedio durante una hora mediante el reflejo del mismo tedio; es esta despreciable imitación que es el engaño del presente y el falso testigo del futuro; que, mediante muchas ficciones y grandes espectáculos, no hace más que consumir inútilmente, amontonando imágenes que el tiempo arrastra. ¡Qué respeto infantil por las imágenes! Le conviene a esta plebe de vanidades, siempre entusiasta y siempre decepcionada, sin gusto pues de nada ha tenido una experiencia feliz, y de las experiencias desgraciadas nada reconoce porque no tiene ni gusto ni coraje: hasta tal punto que ninguna clase de impostura, general o particular, no ha podido colmar jamás su credulidad interesada.

¿Podrá alguien creer, después de todo lo visto por cada uno, que aún hay, entre los espectadores especializados en dar lecciones a otros, tarados capaces de sostener que una verdad anunciada en el cine algo tendrá de dogmático si no está probada con imágenes? Por otra parte, la servidumbre intelectual de la presente época llama envidiosamente "discurso del amo" a lo que describe su servidumbre; por lo que se refiere a los ridículos dogmas de sus patronos, se identifica de tal manera con ellos que ni siquiera los conoce. ¿Qué tendría que probarse con imágenes? Nada se ha probado nunca a no ser por el movimiento real que disuelve las condiciones existentes, es decir, la organización de las relaciones de producción de una época y las formas de falsa conciencia que sobre esta base han ido medrando.

[…]

Las anécdotas representadas son las piedras con que estaba construido todo el edificio del cine. En él no se encuentran más que los viejos personajes del teatro, aunque en un escenario más espacioso y más móvil, o de novela, aunque con un vestuario y un ambiente más sensibles. Fue una sociedad, y no una ética, la que hizo que el cine sea así. Habría podido ser examen histórico, teoría, ensayo o memorias. Habría podido ser la película que estoy haciendo en este momento. He aquí, por ejemplo, una película en la que sólo digo verdades sobre imágenes, todas ellas insignificantes o falsas; una película que desprecia este polvo de imágenes de que está hecha. Nada quiero conservar del lenguaje de este arte caduco, a no ser quizá el contraplano del único mundo que ha contemplado, y un travelling sobre las ideas pasajeras de una época. Sí, me enorgullezco de hacer una película con cualquier cosa; y me encanta que de esto se lamenten aquellos que dejaron hacer de toda su vida cualquier cosa.

He merecido el odio universal de la sociedad de mi tiempo, y me hubiera enojado poseer otros méritos a los ojos de esta sociedad. Pero he observado que es en el cine donde he provocado la más perfecta indignación, y la más unánime. Hasta el punto que en el cine me han plagiado con menos frecuencia que en otros campos, por lo menos hasta ahora. Mi propia existencia en el cine sigue siendo una hipótesis generalmente refutada. Así, me veo puesto por encima de todas las leyes del género. Por eso, como decía Swift, "me causa no poca satisfacción presentar una obra absolutamente por encima de toda crítica".

Para justificar, por poco que sea, la completa ignominia de lo que esta época habrá escrito o filmado, sería necesario un día poder pretender que no ha habido literariamente nada más, y con ello, que nada más, no se sabe muy bien por qué, fue posible. !Pues bien! me basto, por el ejemplo, para negar semejante apurada excusa. Y como no hubiera tenido necesidad de dedicar gran esfuerzo y tiempo a ello, no he creído tener que renunciar a tal satisfacción.No es tan natural como hoy se querría creer, esperar de cualquiera, entre todos aquellos cuyo oficio es la palabra en las condiciones presentes, que aporte aquí o allá novedades revolucionarias. Una tal capacidad sólo puede competir, obviamente, a quien por todas partes ha encontrado la hostilidad y la persecución, y en ningún caso subsidios del Estado. E incluso con más profundidad, sea cual sea la complicidad general para hacer el silencio al respeto, se puede afirmar con certeza que ninguna contestación real se llevará a cabo por individuos que, al exhibirla, se elevan socialmente más de lo que se hubieran elevado absteniéndose. Todo lo cual no hace sino imitar el ejemplo notorio de este floreciente personal sindical y político, siempre dispuesto a prolongar por un milenio más la queja del proletariado, con el único fin de conservarle un defensor.

Por mi parte, si he podido ser tan deplorable en el cine, es porque he sido mucho más criminal fuera de él. Primeramente tuve por bueno entregarme al derrumbe de la sociedad, actuando en consecuencia. Tomé este partido cuando casi todo el mundo creía que la infamia existente, en su versión burguesa o burocrática, tenía ante sí el más bello futuro. Y desde entonces no he cambiado, como los otros, de posición una o varias veces con el paso del tiempo; son más bien los tiempos los que han cambiado según mis opiniones. Hay en esto materia para desagradar a los contemporáneos.

Así pues, en lugar de añadir una película a las miles de películas mediocres, prefiero exponer aquí por qué razón no haré tal cosa. Consiste en reemplazar las fútiles aventuras que narra el cine, por el examen de una cuestión importante: yo mismo.

Se me ha reprochado, creo que sin razón, que hago películas difíciles: para acabar voy a hacer una. A quien se irrite por no comprender todas las alusiones, o se confiese incapaz de distinguir claramente mis intenciones, sólo le responderé que debe lamentar su incultura y su esterilidad, y no mis modos; ha perdido su tiempo en la universidad, donde se ponen a la reventa pequeñas reservas de conocimientos ya podridos.

(Guy Debord, In girum imus nocte et consumimur igni, Barcelona, Ateneú Enciclopedic Popular, 1999).



miércoles, 28 de septiembre de 2011

Muerte en Venecia (fragmento)



"Cuando uno se encuentra solo y taciturno, los hallazgos y las observaciones que puede hacer son, a un mismo tiempo, más confusas y más penetrantes que si se encuentra en sociedad, y sus ideas son más graves, más maravillosas y siempre un poco matizadas de tristeza. Imágenes y sensaciones de las que sería fácil desprenderse en un abrir y cerrar de ojos, con una carcajada o con un simple intercambio de frases, le hostigan de manera irrazonable, se hacen más profundas y se agravan al quedar inexpresadas, convirtiéndose en acontecimiento, en aventura, en pasión. La soledad, donde madura toda originalidad, toda belleza sorprendente y audaz, en una palabra, toda poesía, hace madurar a su vez todo lo que es perverso, monstruoso, culpable y absurdo"

Muerte en Venecia, de Thomas Mann

jueves, 22 de septiembre de 2011

Fly Pan Am - N'écoutez pas (2004)




"Queríamos ser el grupo de rock más feo, aburrido y frustrante, usando estructuras muy simples y repitiendolas ad nauseam, fragmentando el appeal del trance con cortes, ruidos y lo que sea. ¡Es muy divertido"

Roger Tellier-Craig 

Fly Pan Am es uno de los proyectos alternos de Roger Tellier-Craig, guitarrista de Godspeed You Black Emperor! En el momento que los integrantes de una agrupación monumental como GSBE! deciden librarse del peso de aquel nombre y ensayar por regiones menos pobladas, con otros ambientes y nuevas ideas, es porque andan en busca de una identidad musical diferente. Varias son las exploraciones que se han desprendido del gigante de Montreal: Set Fire to Flames, Do Make Say Think, A Silver Mt. Zion y el propio Fly Pan Am; ha sido para todas bien dificil encontrar un sonido distintivo. En el caso de Fly Pan Am, la forma de tocar la guitarra de Tellier Craig, tan facilmente reconocible, hizo que el art-funk instrumental de los dos primeros álbumes hiciera pensar en un GSBE! reducido al mínimo, menos deslumbrante.

Esto cambiaría con N'écoutez Pas (No escucháis). En su tercer LP, Fly Pan Am abandona toda formula previa para proyectar sonidos en todas direcciones. Es también la primera vez en que son incorporadas vocales como parte de los embates, al igual que un arreglo libre y desaforado de electronica, teclados y grabaciones de campo. Todo esto hace del N'écoutez Pas (con todo y la declaración de Tellier Craig, que solo quiere arrojarle leña al fuego) el mejor y más estimulante álbum de la banda a la fecha.

Nos encontramos con un álbum fragmentario, entrópico, perturbador... De ahí que en la carátula, escondido entre referencias borrosas y tachadas a gente como The Fall y Throbbing Gristle, esté el nombre de 'André Breton'. Como en los pasquines punk de finales de los setenta, Fly Pan Am recoge el uso del décollage y las referencias al surrealismo para insinuar un proyecto estético que involucra introducir aún más desorden y ruido a un post-rock ya de por sí saturado.

Entrando y saliendo a saltos frenéticos de las orbitas del krautrock, el anti-funk, el hardcore, y el noise, y sonriendo con desdén a inmortales como Velvet Underground y los Talking Heads, Fly Pan Am estremece las estructuras y abre una grieta en un género dominado hace ya varios años por GSBE!

jueves, 8 de septiembre de 2011

Chavela Vargas - 30 canciones


Dijo alguna vez Carlos Moniváis que cuando Chavela Vargas comenzó a cantar a finales de los cincuenta, sorprendió por su actitud desafiante y su apuesta radical. No se trataba sólo de su apariencia, que era ajena a la usanza de la época; su música, que prescindió del mariachi, eliminó de las rancheras su carácter de fiesta, desnudando su profunda desolación.

“¿Que soy un ser medio raro? Sí. Creo que estoy bastante loca, pero hay locos lindos y locos desgraciados, y yo soy de los bonitos.” La obra de Chavela Vargas es de alguna forma la historia marginal del México moderno, de su paso de lo rural a lo urbano: “El México de antes era un México para enamorarse de él, de su gente, de sus noches, de sus cosas. El de hoy es un gigante inmenso que está dormido, está quieto… Ese México es el que estoy esperando que despierte.” Cuando ella habla de la historia de la ranchera se siente la nostalgia de aquellas raíces campesinas:

Doña Toña La Negra era lavandera en Veracruz, en el barrio de La Bombilla. Ahí cantaba lavando ropa, y se oía la voz de la señora en el río cuando cantaba boleros y era de parársele el pelo a las compañeras con aquella voz de la jarocha preciosa, una voz divina. Alguien le dijo a Agustín Lara que había una muchacha en Veracruz que cantaba como los dioses y Agustín fue a conocerla. Habló con ella, la oyó cantar y se la llevó para México, y lo paró de cabeza con su voz increíble. El bolero cubano era un poco sensual y un poco sexual. Cuando llegó a México lo suavizaron, lo hicieron más dulce y lo cantaba, como digo, Toña La Negra. Luego apareció un charro cantor, don Jorge Negrete, que cantó un bolero y se le vino el mundo encima. ¿Cómo un charro va a cantar "Flor de azalea"? Lo cantó y se lo comieron. Luego vino Javier Solís, e hizo del bolero el bolero ranchero, y fue muy hermoso. Y Jorge siguió cantando boleros, también Pedro Infante, y el bolero se hizo una música de casa.



La vida de Chavela tiene un prolongado silencio entre mediados de los setenta y comienzos de los noventa. Después de llegar al mundo de Frida y Diego para ver como esta “se negó su propia genialidad para complacer a su hombre”, Chavela desaparece para refugiarse entre fondas y tugurios hasta que algún español la “re-descubre” cantando en Coyoacán y la lleva a Europa, donde “habrían de apreciar más su heterodoxia.” La historia después de eso es bien conocida.

Según aventura Chavela, su música “tiene que ver con eso que llaman alma… Y yo quiero que algún día se entienda que mi mensaje ya no es de la garganta, ya no es de disco, ya no es de concierto: es la voz inmensa del individuo humano que está callada, que no tiene nombre, que no puede llamársele de ninguna manera.”

Chavela Vargas - 30 canciones
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